EN EL ÁREA GRANDE

En el área grannde

Por Patricio Sabido Malda

LO INESPERADO EN EL FUTBOL

Hay quienes lo hacen sólo por dinero, pero para la mayoría de los aficionados al deporte hay mucho de soberbia, orgullo y desafío en nuestra necesidad casi primitiva de hacer pronósticos.

Faltaban pocos minutos para que terminara el partido entre México y Holanda en el pasado mundial. México ganaba 1 a 0 y no recuerdo por qué, pero le dije a mi hija de cinco años: “si sigues portándote mal, no vas a salir a festejar con nosotros”. Era un buen castigo, tomando en cuenta que había disfrutado mucho el lento paseo en coche, bandera en mano y a ritmo de porras y claxonazos cuando le ganamos a Camerún. Yo creo que todos nos portamos mal, porque unos minutos después, habíamos recibido dos goles, ni a los tiempos extra llegamos y mi hija, su hermano, mi esposa, mis compadres y un servidor, nos quedamos sin festejar.

Tengo la costumbre de no anticiparme a los hechos. Por múltiples experiencias -que van de lo épico a lo trágico- he aprendido que en el último minuto cualquier cosa puede pasar, que un penalti no se celebra hasta que se anota, que mientras haya vida hay esperanza y que un juego no se acaba hasta que se acaba. Aún así, como en el caso del México-Holanda, de cuando en cuando caigo en la tentación de dar por un hecho un resultado antes de que sea definitivo.

Hay quienes lo hacen sólo por dinero, pero para la mayoría de los aficionados al deporte hay mucho de soberbia, orgullo y desafío en nuestra necesidad casi primitiva de hacer pronósticos. “Odio decir te lo dije”, decimos, pero la verdad es que nos encanta. Una cosa es sacar conclusiones después del partido: “era lógico y de esperarse con ese planteamiento táctico”, “se veía venir”, “si hubiera hecho tal cambio, el resultado hubiera sido otro”, eso lo hacemos todos, cualquiera. Otra muy distinta es cuando lo dices antes de que suceda: si además lo puedes demostrar, te subes en una especie de pedestal, te conviertes en profeta y sabio futbolero.

Quizá es por eso que, cuando las condiciones son tan evidentes, nos parece irresistible dar por hecho un resultado final. Aunque falten 90 minutos de juego, aunque la historia esté llena de resultados inesperados en las canchas de todo el mundo. Así, casi todos dimos por hecho la eliminación del América ante Pumas y después la derrota de Pumas ante Tigres. Y ya vimos lo que pasó.

Si todo indica que el resultado está definido, ¿por qué es tan caprichoso el destino? ¿Por qué los goles de último minuto, los regresos milagrosos en una serie de penales, las volteretas a marcadores abrumadores? Más aún, ¿por qué las grandes sorpresas se dan en los mayores eventos, en las fases finales y cuando hay tanto en juego? Quizá es porque la adrenalina juega a favor de quien ve la posibilidad de una hazaña y en contra de quien teme una catástrofe.

Como sea, y más allá de que tengamos o no una explicación razonable, la posibilidad de que pase lo inesperado y el hecho de que pase tan seguido, es lo que le da ese sabor tan especial al deporte y al futbol. Mientras más sorpresivo, más fascinante, no sé si mejor. Habrá que preguntarle al cardiólogo.

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